*Publicado originalmente el 21 de octubre de 2023 en Lector.cl
En su conferencia El cine es otra vida, Raúl Ruiz intenta hacer una definición del cine, y para ello se sirve del ojo, como símbolo y como disparador de tramas. Ruiz afirma que el ojo tiene al menos treinta funciones, pero destaca que existen dos que sobresalen: el vértigo y la contemplación; estas funciones a veces se superponen o se distancian, y entre aquellos polos surge el descubrimiento y la observación; el ojo convierte una narración en un objeto, y en ese movimiento puede nacer aquella turbulencia que nos extravía, que nos saca de una realidad, para ponernos (a rápida velocidad) en el ojo del huracán. La erudición del cineasta chileno es conocida: afirma que este ojo es un Ojo Maligno, y para ello se sirve de un oscuro tratado de magia, del también oscuro Enrique de Aragón, conocido como el Marqués de Villena (1384-1434), una suerte de Cagliostro o Paracelso español, que prefigura ese renacimiento de alquimistas y magos que combinaban la ciencia con lo sobrenatural. Este tratado, que no es otro que un tratado sobre el mal de ojo, afirma que basta con desear el mal intensamente para manifestarlo en la realidad, así fue posible que un grupo de brujos invadiera el cerebro de un rey para dejarlo ciego e inútil.
En
efecto, el cine es la faceta final de un desarrollo tecnológico anclado a saberes
científicos, pero su prefiguración está en los tratados filosóficos, en los
libros de caballería, en las pinturas y grabados, en la poesía y el canto. Y
cómo no, en el cuento, heredero de una tradición oral, acaso una de las
primeras formas narrativas. Larvados, de la autora chilena Andrea
Calvo Cruz (1981), es un libro de cuentos que se puede relacionar estrechamente
con el Ojo Maligno que imagina Ruiz: ya desde su portada asistimos a un ojo
gris lacerado, del cual emerge una larva. El ojo, con el párpado abierto, emite
un reflejo que bien podría ser dolor, bien podría ser fascinación, o ambas,
solo hay ojo, no vemos la contracción o el rictus, la cara está ausente, por
ende, el ojo es la única identidad visible de esa laceración.
«Camera Obscura» es el relato que inaugura el libro. La cámara oscura es
un instrumento óptico que es negro y permite obtener una proyección plana de
una imagen externa sobre la zona interior de su superficie, proceso que
antecedió a la moderna fotografía. ¿Qué nos quiere revelar pues, esa cámara
oscura? En esa pregunta reside el ojo y la propuesta escritural de Andrea, que
con una prosa directa y sin florituras, se atreve a sondear zonas, y cruzar
límites y umbrales, que muy pocos se atreverían a pasar.
En
Larvados abundan textos breves de dos a tres páginas; el resto se decanta por
la mediana extensión, que no suelen superar las diez páginas, y salvo uno que
otro tropiezo («La última cena» y«Devueltos al remitente» están bajo el
promedio), es destacable la concisión y la coherencia de su poética, con
temáticas centradas en la redención, el abandono, la venganza y la violencia
pura, esa violencia sin signo ni moral, que está ahí, es palpable y cotidiana,
pero que no visibilizamos, y he ahí ese Ojo Maligno, que como los pétalos de una
flor asesina, se abren para brindarnos vértigo y contemplación.
«Sandías»
remite a un descubrimiento, casi por azar, de un niño que no debería oír
ciertas conversaciones -y el ojo se desplaza a oído- trayendo consigo una
práctica tan común como cortar una sandía, pero con un trasfondo de muerte y
tortura. Otro relato, «MATArT» escrito a la manera de un monólogo con un
testigo etéreo (o puede que sea a revés, un narrador fantasmal frente a un
testigo físico) invita a la masacre:
«Observa.
Toca la imagen que tienes frente a ti. Siente el frío del vidrio con la yema de
tus dedos. Esa que ves ahí no soy yo. Esa que está ahí fue la que crearon y
ahora se despide».
Asistimos,
en al menos dos cuentos, a situaciones narradas que en términos psiquiátricos
jungianos se conoce como Madre Terrible, la contracara de la Gran Madre; ahí
donde ésta significa vida, salud, ternura, protección, la negativa es su
contrario; muerte, misterio, lo que devora, seduce y envenena (léase, los
arquetipos y el concepto de ánima). En «Sinfonía láctea», a través de tres
momentos, o mejor dicho movimientos, como los de una sinfonía, asistimos a la
gestación de una madre que deviene en maligna, provocando desesperación en un
hijo que no soporta su amor demandante, enfermizo y esclavizante.
En «Amarra de la libertad», uno de los cuentos mejores logrados del libro —por
su construcción clásica y su tono paródico que roza lo demencial—, Andrea Calvo
nos narra un conflicto que genera una madre sobreprotectora, ávida de lucha
social y antisistema hasta el paroxismo, confinando a su familia a una suerte
de colonia cerrada autosustentable en la que no hay espacio para la disidencia,
transformando una familia común y silvestre, en una suerte de cárcel, de torre
inexpugnable donde la libertad es la primera en morir, todo por el
medioambiente y la ecología. «Anatema», es otro relato en la que asistimos a la
vida de una mujer traumatizada, acaso exorcizada, por un sacerdote, vertiendo
amplias dosis de locura en su cotidiano, lo que la llevará a experimentar una
suerte de psicosis religiosa, con imágenes bíblicas devoradoras que la
atormentan.
Los
hombres extraviados y malignos abundan en Larvados. Suelen ser artífices y
víctimas del mal, como en «Camera Obscura», «Cuando todo se alinea» o «Juego de
manos», este último en clave de espionaje y conspiración, que rompe con el tono
general del libro, ruptura que el lector agradecerá, porque no hay nada peor
que un libro de cuentos homogéneo y repetitivo.
La
venganza es otro leit motiv: «Talión», «Tesis de grado» y «La sentencia del
clan», conforman una trinidad en la que el rencor, la violencia planificada y
el desenlace fatal los hermana. En «TaliónK el tono es histórico, la narradora
es la hija del profesor e impulsor de la educación pública don José Bernardo
Suárez, quien con furia contenida asiste al funeral de su padre, junto a «los
buitresK, políticos que se llenaron la boca con su legado sin una verdadera
retribución en vida —cualquier parecido con la realidad es solo coincidencia—.
En «Tesis
de grado» aparece también la educación como telar de fondo. Se trata de la
venganza premeditada de dos estudiantes mujeres contra un profesor
universitario abusador. En «La sentencia del clan», la venganza va contra una
mujer por parte de un grupo, a quien le ponen el traje de chivo expiatorio, al
haber permitido el abuso de su hijo por parte de un degenerado.
Por
último, como mención aparte, no podemos dejar de mencionar el cuento con el que
cierra el libro «Los yuyos de María», uno de los mejores del conjunto. Un grupo
de jóvenes aficionados a detectives investiga la muerte de María Moya, una
mujer de Calera de Tango aficionada al alcohol, mujer brava y atrevida,
conocida también como «la vieja del saco», por su intimidante figura, rudeza, y
por portar siempre una cartera negra ¿qué esconde ahí? Se pregunta el joven
narrador. No se trata de un simple Macguffin (esos objetos
irrelevantes que solo están ahí para que corra la trama), esa cartera y su
contenido serán fundamental para explicar no su desenlace, sino más bien el
desenlace de «otros», hombres maltratadores y dañinos del pueblo.
En una estela realista que recuerda a Manuel Rojas y González Vera, a la escritura de Marta Brunet, especialmente en sus cuentos Aguas Abajo respecto a la situación periférica de las mujeres, y a la crudeza del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, Andrea Calvo Cruz presenta un conjunto que augura a una escritora de fuste, que se atreve a poner la luz en aquellas zonas oscuras que nadie quiere ver, con un registro abocado a la indagación en el mal y en la violencia, oscuridad que brilla más en sus cuentos de corte clásico, que en las narrativas menos tradicionales.